Sile, nole…

El otro día me tocó ir a recoger a Infraganti al cole porque sus papás tenía cosas que hacer, como si servidor no tuviera cosas que hacer, y resulta que estando sentado en un banco del patio esperando la salida de clase de la muchacha, que siempre sale la última porque se queda escondida para ver si pilla a Gonzalito Valladares metiéndose el dedo en la nariz, el muy cochino, me distraje escuchado las conversaciones de un grupo de niños que jugaban con unos cromos de no sé qué bichos la mar de raros a los que llamaban “los imbéciles” o algo así, no me quedé bien con el nombre.

 – Sile, sile, sile, sile… ¡nole! ¡A Pahoehoe no le tengo! Te le cambio por Ocelotl y Kukulkan, que les tengo repes.

– ¡Qué dices! Te le doy si me das también a… A ver, déjame ver  tu taco de cromos…

– Toma anda, échalo un vistazo.

– Sile, sile, sile…. ¡nole!, ¡nole! ¡Cómo mola! ¡tienes a Ha Ha Yena y a Griffonator! Pues me das a Ocelotl, a Kukulkan y a Ha Ha Yena y yo te doy a Pahoehoe.

–  ¡Qué dices! Te puedo dar como mucho a Griffonator si no le tienes. A Ha Ha Yena imposible, macho, ya la he dicho a Macarena que se le guardo a ella.

– ¿A Macarena? ¿La vas a dar a Ha Ha Yena a Macarena? Tú estas loco…

– Es que… se le he prometido…

– ¡Te gusta Macareeeena!, ¡te gusta Macareeeena…!

– ¿A mí? ¡Qué dices, chaval! ¡A ella la gusto yo!

 Hay que ver qué cosas se escuchan en los patios de los coles, ¿eh? No, no me refiero a los nombrecitos de los cromos ni a las historias de amor preadolescente, no. Me refiero a lo del “sile” y el “nole”, que es lo que dicen los niños cuando están cambiando cromos y quieren decir “si le tengo” o “no le tengo”, o a otras cosas como “te le cambio”, “les tengo repes”, “te le doy”, “échalo un vistazo”, “la he dicho”, “se le guardo”, “la vas a dar”, “se le he prometido” o “la gusto yo”. Como muy bien sabréis todos aquellos que domináis el lenguaje, se trata de ejemplos muy claros de laísmo, leísmo y loísmo, errores que conviene corregir.

 – Hola Donge.

– Hola Infraganti, ya estás aquí…

– Sí, me he entretenido un poquito por ver si pillaba a Gonza, ya sabe…

– Sí, sí, ya sé, con el dedito en la nariz, ¡no? 

– Es que es muy cochino.¡Anda!, si están ahí mis compis.

– ¿Son tus compis esos niños de ahí?

– Sí, son Guille Romerales y Edu Valentín, qué majos.

– Pues que sepas que están intercambiando laísmos, leísmos y loísmos.

– No don Gerundio, lo que intercambian son cromos. Cromos de “los Invizimals”.

– Ah, entonces no son “los imbéciles”.

– ¡Hombre don Gerundio!, que son mis amigos…

– No, no, si me refiero a los cromos, no a ellos. Y serán amigos tuyos, pero que sepas que son laístas, leístas y loístas.

– ¿Y eso es grave, don Gerundio?

– Bueno, tanto como grave tampoco. Lo que les pasa es que dicen “la” cuando tienen que decir “le”, dicen “le” cuando tienen que decir “lo” y dicen “lo” cuando tienen que decir “le”.

– ¿Y van a tener que ir al médico?

– No mujer. Basta con que se descarguen el archivo de la ficha de hoy.

– ¡Le tengo!

– Y tú también Infraganti, y tú también.

 

Ficha 12: Leísmo, laísmo y loísmo

El ebook de don Gerundio

Don Gerundio en ebook

– Hola don Gerundio, ¿dónde va tan contento y risueño y con esa bolsita tan mona?  Se diría que viene usted de las rebajas…

– Hola Osomodo, pues sí, de las rebajas vengo, y he hecho una compra excelente, créeme.

– Ya, se refiere a la bolsita, supongo. ¿No?

– Sí, a la bolsita, supones bien.

– Es muy linda la bolsita…

– Sí.

– Y al tratarse de rebajas, se supone que tendrá una buena relación calidad/precio, ¿no? Lo que hay dentro de la bolsita, quiero decir.

– Pues sí, vuelves a suponer bien, Osomodo.

– Y la cosa será tan mona por dentro como por fuera…

– La verdad es que sí que lo es. Por fuera y por dentro.

– Y estará, claro, deseando utilizarlo… Lo de dentro de la bolsita digo, ¿no es cierto?

– Cierto, allá que voy, a casita a probarlo tranquilamente.

– Y enseñárselo a sus allegados también, ¿verdad?

– Afirmativo, sí señor.

– Y…

– Oye, Osomodo… tú lo que quieres es que te enseñe lo que hay dentro de la bolsita, ¿no es eso?

– ¿Se refiere usted al interior?

– Sí, al interior. Lo que tú quieres es saber qué me he comprado, ¿a que sí?

– ¿Quién yo? Dios me libre, don Gerundio. Usted ya sabe que a mi no me gusta meterme donde no me llaman…

– Ya.

– Pero bueno, ya que lo dice, y si le hace ilusión… tendría un ratito para usted.

– Pues verás, se trata de un lector.

– ¿Un lector se ha comprado, don Gerundio? ¡Pero si usted ya sabe leer solito! ¿Para que quiere usted un lector? Y, sobre todo, ¿cómo demonios ha conseguido meterlo en esa bolsita tan linda?

– ¿Se puede saber en qué estas pensando, Osomodo? ¿Qué entiendes tú por “lector”?

– Hombre don Gerundio, pues puestos a simplificar para que quepa en la bolsita, como mínimo un señor bajito, con gafas, sentado en un cómodo silloncito sin orejeras y con luz ambiente , para que la lámpara no sobresalga de la bolsita. Ah, y con un libro, claro.

– Ya, pues no. Se trata de un dispositivo informático, también conocido como “reader” en inglés, que permite la lectura de libros electrónicos, también conocidos como ebooks en inglés.

– ¿Libros electrónicos? Oiga, no dará calambre…

– No seas tonto Osomodo. No me digas que no has visto nunca un ebook…

– Jamás.

– Pues te lo voy a enseñar. Mira, mira qué chulo es mi lector…

– Anda, pues viene sin silloncito ni nada. Claro, así cabe en la bolsita tan bien…

– Ajá, y una vez encendido le doy aquí, a “seleccionar libros descargados” y…

– ¡Don Gerundio! 

– Dime, Osomodo…

– No, no, digo que he visto “Don Gerundio…”, “Don Gerundio en el Bosque de la Prosa”, ¡el libro nuestro! ¡Lo tiene usted ahí dentro!

– Claro Osomodo, porque lo he comprado y ya lo he descargado. Está disponible en La Casa del Libro.

– ¿Y se puede leer enterito?

– De eso se trata, sí.

– ¿Y no se doblan los piquitos ni nada?

– ¿Qué piquitos, Osomodo?

– Los de las páginas, Es que a mí en los libros siempre se me doblan los piquitos.

– No, aquí no se doblan los piquitos. ¿No ves que no hay papel?

– Sí, como en el baño de mi casa.

– ¿Qué pasa en el baño de tu casa?

– Que nunca hay papel.

– Ya.

– ¿Me deja usted que lo use un poquito?

– Bueno, pero ten cuidado con esas manotas que tú tienes, no la vayas a liar.

– Descuide, don Gerundio, que yo lo trato como si fuera mío. Oiga, pero esto debe de ser muy difícil de usar, ¿no?

– Qué va, es facilísimo. Verás, prueba, prueba…

– A ver… Entonces, si le doy aquí a “abrir libro”, ¿qué sucede?

– Pues que se abre, se abre “Don Gerundio…”, ¿ves?

– ¡Hala, qué chulo! Mire, aquí salgo yo, en la portada.

– Y yo.

– Y sí le doy aquí a “agrandar la letra”… ¿pasa algo?

– Sí, que se agranda. 

– ¡Toma! ¿Y si le doy a pasar página…?, ¿qué pasa si le doy a pasar página, don Gerundio?

– Que pasa la página.

– ¡Claro!

– Y dígame, don Gerundio, si por un casual le diera aquí, a cerrar?

– Nada, que el libro se cierra y santaspascuas.

– ¡Qué bien! Pues ya sé usarlo, esto está chupao. Déjeme, déjeme… pongamos que, ya que lo domino, le pincho aquí, aquí donde pone “suprimir”… 

– ¡No, ahí noooooooooooo…!

¡Noooooooooo!

Como todos ya sabréis debido a la enorme repercusión que ha tenido el asunto en prensa, radio, televisión, redes sociales y corrillos, sobre todo en corrillos, el pasado martes día 7 de junio sucedió en el madrileño Parque del Retiro un tan desagradable como lamentable incidente por el que llevo cuatro noches seguidas que no he podido pegar ojo. Es mi intención aprovechar este altavoz que mi blog me proporciona para deciros que lo lamento de veras, no sabéis hasta qué punto, y para declararme públicamente máximo y único responsable de lo acontecido, me cachis en la mar salada.

He de confesar que todavía no sé cómo sucedió, pero el caso es que nada pude hacer por evitarlo. De sólo volver a recordarlo, la verdad, es que se me quitan las ganas de continuar adelante con todo esto. Estoy hundido, abatido y desahuciado, porque, tengo que decirlo así, he metido la pata hasta el fondo y ya no hay marcha atrás ni solución que valga. Nunca pensé que algo así pudiera pasar. Solo me queda el consuelo de prometeros que jamás volverá a suceder.

Pintaba todo tan bonito… Íbamos a reunirnos, mi pandilla y yo, en la caseta de la Librería Kirikúy la Brujapara firmar nuestro libro, Don Gerundio en el Bosque de la Prosa, en la Feria del Libro. Y estábamos nerviosos, sí, no lo voy a negar, porque  por la mañana no paraba de llover a cántaros, que yo no había visto cosa igual, y ya nos temíamos lo peor, es decir, que no viniera nadie. Y tampoco había buenas previsiones meteorológicas para la tarde. Pero en fin, qué se le va a hacer, pensamos, que pase lo que tenga que pasar.

Luego encima estaba lo del correo electrónico con la pandilla, incidente que ya conoceréis quienes hayáis leído el post anterior. Yo quería que vinieran, porque no les llevo nunca a ningún lado, a los pobres, pero me puse muy muy nervioso y llegué a pensar que la iban a liar, que es que también son de lo que no hay, eso hay que reconocerlo. Incluso recomendé a la organización de la Feria que vaciaran todos los estanques del Retiro para que Ipsopato no se metiera dentro, y por supuesto que vigilaran las terracitas para que Osomodo no se zampara todas la patatas fritas, ¡no les iba a decir que vaciaran también las bolsas! Dudé de ellos, sí, lo siento amiguitos, porque al final el único que falló fui yo, mísero de mí.

Y la verdad es que fue llegar al Retiro y al principio me asusté, porque no se veía un alma y todavía continuaba lloviendo, pero poco después el temporal amainó y dejó paso al un continuo pero leve fluir de gotas, como las lágrimas que ahora inevitablemente fluyen desconsoladas de mis ojos ante esta tormentosa pena penita pena que no deja de afligirme.

Pero no, ya he decidido que no, que no me pienso pasar el resto de mis días llorando. ¡Que te crees tú eso! No voy a derramar una sola lágrima más, ¡ya está bien! Me da mucha pena porque en mi vida había firmado libros y, claro, me hacía mucha ilusión, que es algo que se hace solo una vez en la vida. Y pensar que acudieron hasta amiguitos de la infancia que hacía años que no veía, qué majos… Pero hay que seguir adelante como sea, con fuerza y determinación, claro que sí.

Serían los nervios, o tal vez las prisas, o yo qué sé qué. El  caso es que salí pitando, cogí paraguas y chubasquero, la libretita en la que tenia apuntadas las firmas previamente pensadas para aparentar originalidad y quedar medianamente bien en mis dedicatorias, y hale, allá que me fui todo convencido de que no necesitaba nada más, menudo soy yo…

¿Y qué?, ¿creéis que lo tenía todo controlado? ¡Qué va! Se me escapaba un pequeño detalle. Debió de olvidárseme allí, encima de la repisita de la entrada, justo al lado del jarrón de chinoiserie lacado que adquirí a muy buen precio, todo hay que decirlo, en el Hiperasia de Fuenlabrada.

¡Mi Boli! ¡Nooooooooooo!

Ficha 11: Sobre la negación

Don Gerundio en la Feria del Libro

De: don Gerundio

Para: la pandilla

Asunto: Feria

Queridos Caproveche, IpsoPato, Osomodo, Infraganti, Solista y Potito:

Os comunico que el próximo martes día 7 de junio, a la 18:30 horas, vamos a estar en El Retiro para participar en la Feria, en la nos encontraremos con los lectores de nuestros libros y tendremos ocasión de estampar nuestra firma en cada uno de los ejemplares.

Así que os presentáis en la caseta nº 96, la de Kirikú yla Bruja, y si llegáis antes que yo decís que os envía don Gerundio, ya veréis como enseguida os dejan pasar.

Ah, y haced el favor de venir ya merendados, no vaya a ser que los niños  os encuentren luego con la boca llena de chuches y más chuches.

Atentamente,

Don Gerundio

———————–

De: la pandilla

Para: don Gerundio

Asunto: Feria

Admirado don Gerundio:

Recibido su e-mail, sepa usted que lamentamos profundamente lo del retiro y que nos da mucha penita, pero lo cierto es que, como dice Potito cuando le da por ver el Sálvame Deluxe:

 Una puede estar muy mona

cuando sale por la tele,

pero la edad no perdona

y al final te da el telele.

Así que si ha tomado ya esa decisión, allá usted con sus achaques, pero sepa que nosotros no hemos pensado en retirarnos todavía, que somos todos muy jovencitos.

En cuanto a lo de esos bribones que se leen nuestros libros, nosotros también tenemos ganas de encontrarnos con ellos y decirles cuatro cosas, hombre, que ya está bien, que desde que les dejamos prestada la colección entera de Harry Potter ya han tenido tiempo de leérsela enterita, no me digas tú a mí. Dice Osomodo que les va a estampar nombre, apellidos y pedigrí, si hiciera falta. Y de “ejemplares” nada, monada. ¡Menudo mal ejemplo!

Para lo de la bruja, con nosotros no cuente, que ya sabe que a Caproveche esas cosas de supersticiones y encantamientos no le hacen ni un poquito de gracia y luego le dan gases por la noche, así que confórmese con que nos presentemos solo al gallo Kiriki ese.

Ah, y no se preocupe por los niños, mejor así, porque por lo menos estarán calladitos si tienen la bocota llena.

Por último, en lo que a la feria respecta, ya le decimos que a todo sí. Y si llega usted primero, vaya usted sacando los tickets para los coches de choque y los toros mecánicos, como mínimo, que luego ya nosotros le invitamos a unas palomitas o un algodón de azúcar, lo que prefiera.

Majo, que usted un rato majo.

Besos,

Fdo: la pandilla.

P.D.: De aquello que nos prometió hace tiempo de ir a la Feria del Libro a firmar… ¿qué pasa, que ya se le ha olvidado?

Ficha 10: La ambigüedad

Dar de sí

– Hola don Gerundio.

– Hola Osomodo, ¿qué te pasa que tienes tan mala cara?

– Ya no puedo más don Gerundio, estoy muy cansado. Yo no doy más de sí.

– Perdona, perdona Osomodo. ¿Tú has oído lo que acabas de decir?

– Sí claro, bueno, más o menos. Reconozco, don Gerundio, que a veces no me escucho con mucha atención, pero creo que he dicho algo así como que ya no puedo más, don Gerundio, que yo no doy más de sí.

– ¿Y tú crees, Osomodo, que está bien dicho lo de “yo ya no doy más de sí”?

– Sí… O no. No sé.

– Piénsalo.

– ¡Ya lo tengo! Si no doy es que no doy, luego lo correcto es “ya no doy más de no”.

– No.

– Pues eso, que no. Que ya no doy más de no.

– Quiero decir que no se dice así. Aunque parezca lo contrario, amigo oso, lo correcto es “yo ya no doy más de mí”.

– ¿Usted tampoco, don Gerundio? ¿Y qué le pasa, si puede saberse?

– Me refiero, Osomodo, a qué tú debes decir “yo ya no doy más de mí”.

– ¿De mí?

– Sí, de ti.

– A ver, en qué quedamos, don Gerundio ¿de mí, de ti o de si?

– Vamos a ver si me explico: si te refieres a ti mismo: ya no doy más de mi; si te refieres a una segunda persona: ya no das más de ti; y si hablaras de una tercera persona, entonces sí: ya no da más de sí.

– ¡Anda! ¡Como el cuello de mi jersey!

– ¿Qué le pasa ahora al cuello de tu jersey, Osomodo?

– Que se da de sí. Como tengo la cabezota tan gorda, cada vez que me lo meto y me lo saco, se me da de sí.

– ¿Lo ves? En el caso de tu jersey está bien claro.

– Uf, pues qué mareo con tanto mí, ti sí. Déjeme, déjeme un minutito que vuelva en sí.

– En mí, Osomodo, en mí.

– ¿Usted también se marea?

– Grrrrrr. Pues no, lo que digo es que pasa lo mismo, que tienes que decir volver en miiiiiiiiiiií.

– ¿Y no vale con una sola i?

– ¡Nooooooooooooooo! Digo… ¡siiiiiiiiiiiiií!

– Don Gerundio, don Gerundio cálmese. ¿Qué le pasa?

– ¿Que qué me pasa? ¡Que no te aguanto maaaaaaaaaás! ¡Me voyyyyyyyyyyy!

– ¡Hay que ver qué carácter tiene este hombre! Se ha puesto… fuera de sí.

 

Ficha 9: Los Mitisis (“mí”, “ti”, “sí”)

 

Una noticia agridulce

– ¿Qué le sucede, don Gerundio?

– Que me hallo atribulado y compungido, Osomodo.

– Ya, bueno, pero aparte de eso que dice… ¿qué le pasa, que tiene un moco colgando?

– Que lloro y sufro en silencio, amigo.

– Oiga, ¿pero usted no se operó de hemorroides en el capítulo 5 del libro, cuando el follón de la operadora?

– No, no es eso, Osomodo. Esto de ahora es más grave.

– No me diga que es la próstata…

– Tampoco, tampoco es eso. ¡Es que la cierran!

– ¿La cierran?

– Como lo oyes, Osomodo, como lo oyes: “la-cie-rran”

– Noooooooooo… Buaaaaaaahhh…. Oiga, ¿y que es lo que cierran, exactamente?

– Qué va a ser, Osomodo. ¡Mi casa!

– ¿Su casa? Pero si yo vengo de allí ahora mismito, don Gerundio  y le aseguro que está todo abierto.

– ¿Cómo dices?

– Pues que  he empujado la puerta, he llegado hasta la cocina, he tirado  suavemente del pomo de la  despensa, he visto que había allí una bolsa de… 

– No Osomodo, no me refiero a esa casa, me refiero a la otra. Pero…oye, ¿tú a qué has ido a mi casa?

– ¿Es que no recuerda lo que me dijo la última vez que estuve allí?

– No, ahora mismo no. En mi estado…

– “Aquí tienes tu casa para lo que quieras, Osomodo”, me dijo.

– Vaya, y hoy querías magdalenas, ¿no?

– Sí, pero le juro que al final no me he comido ninguna ¿eh?

– Ya.

– Pero entonces, ¿a qué otra casa se refiere, don Gerundio? Y créame que no se lo pregunto por cambiar de conversación, no…

– A la que me vio nacer, muchacho. Mejor dicho, a la que nos vio nacer…, porque también es tu casa, mi querido Osomodo.

– ¿Cómo que mi casa? ¿Cierran mi casa?

– Me refiero a La Clandestina, la librería en la que se gestó nuestro libro, que cierra sus puertas para que sus responsables puedan dedicarse en cuerpo y alma a su proyecto editorial.

– O sea que.. a ver si lo he entendido bien… cierran las puertas y ellos se quedan dentro, los pobrecillos.

– No Osomodo, no lo has entendido bien. Cierran la librería para dedicarle más tiempo a la editorial, pero no se van a quedar dentro. Van a seguir trabajando.

– ¿Y eso es bueno o es malo?

– En realidad, ellos dicen que es una noticia agridulce, porque es consecuencia de que el proyecto editorial va viento en popa y necesitan dedicarle más tiempo. Pero a mi me da mucha penita…

– Y seguro que a ellos en el fondo también les da penita, porque claro, allí hemos nacido y hemos vivido todos nosotros, usted, Ipsopato, Solista, Caproveche, Potito, Infaganti, yo mismo…, y otros muchos personajes que habitan otras muchas publicaciones que ellos han hecho realidad gracias a su empeño, trabajo y dedicación.

– Efectivamente, Osomodo, veo que por fin lo vas entendiendo.

– Pues sí, y ahora me hallo yo también… ¿cómo era?

– Atribulado y compungido, Osomodo.

– No, quiero decir con el moco colgando.

– Hay que hacer algo, Osomodo.

– Ya, pero es que no tengo pañuelo, don Gerundio.

–  Me refiero a que no podemos olvidarnos de nuestros libreros/editores.

– ¿Y por qué no vamos a  La Clandestina y les llevamos algún regalito, don Gerundio?

– ¿Pero qué podemos regalarles, Osomodo?

– Bueno, no se preocupe, que yo llevo aquí, en el bolsillo…

–  ¿Qué es eso, Osomodo?

–  Oh…., me temo que se me han hecho miguitas…

– ¡Mis magdalenaaaaaaaaas!

 

P.D: hoy no es día para fichas ni deberes, amiguitos y amiguitas. Así que me vais a permitir que dedique este post a mis queridos Mariano, Shara y Marisa, también conocidos como “los clandestinos”, libreros, editores y, sobre todo, amigos. En nombre de Caproveche, Ipsopato, Solista, Infraganti, Potito, Osomodo y servidor, es decir, don Gerundio, un beso y mucha suerte. Porque, aunque en el fondo solo seamos personajes, esta vez sí que sí: el sueño se hizo realidad.

Ea, editando… que es gerundio.  

Carta a SS.MM. los Reyes Magos

 
Queridísimos Melchor, Gaspar y Baltasar:

Me llamo Infraganti, y soy una niña la mar de buena y libre de pecado, la cual, siguiendo las instrucciones del insigne caballero don Gerundio, un tipo de cuidado, se dirige sin andarse con rodeos a SS MM. con la intención de que tomen nota de algunas cosillas que quisiera que me trajeran. Dando siempre por supuesto, eso sí, que hubiesen ustedes pensado en pasar por mi casa la próxima noche del 5 de enero, que seguro que sí. Yo al menos lo deseo fervientemente. 

Verán, resulta que vengo de dar un paseo y he visto que ya ha salido a la venta el “Sing it” de don Gerundio, para Wii, PlayStation y Xbox, con el que se puede poner música a las rimas de Potito. Pues yo me pido el de la Wii, porque si opto por el de la Xbox o por el de la Play me voy a tener que pedir también las consolas, que no las tengo, y eso ya va a ser mucho.

Aunque siento odio visceral por nancis, barbis y bratzs, me encanta en cambio la muñeca interactiva de Solista, que viene ya con sus pilas de bajo consumo y toca el violín como los ángeles. Tengo entendido que está agotada en el toisarás, pero por si acaso me la pido también.

Y me voy a pedir también a Mimoso-modo, porque me da mucha pena que con esto de los videojuegos caigan en desuso como están cayendo los peluches, que son tan suavitos y mulliditos. Y además es de giochi preziooosiiiiiiii.

Y  quiero también ese muñeco tan mono, que cuando lloriquea y frunce el ceño le aprietas la tripita y hace…. ¡cruoook! Luego le dices ¡que aproveche! y ea, se le pasa el berrinche y se queda dormidito.

Confío, mis queridas Majestades, en que no me sean ustedes pobres de espíritu ni estrechos de miras, que afronten la cruda realidad, que no es otra que esta pobre niña está muerta de aburrimiento, y que pongan remedio a esta situación adoptando las medidas que estimen oportunas.

¡Ah, que se me olvidaba…!, que como una es fan de Patito, la famosa serie de televisión, don Gerundio me ha advertido de que no cometa el error garrafal de pedirme el karaoke de la serie, que me voy a llevar un chasco. Dice que no sea dura de mollera y que opte mejor por el verdadero y único patito, el Ipsopato de goma, que resulta ideal para la bañera.

No sé si ya serán muchas cosas, pero bueno, yo lo voy a intentar. Albergo muchas esperanzas y confío en no fracasar estrepitosamente, porque, como dice la canción… todo se puede lograaaar, aunque sea duro el camiiiiiino…

Suya afectísima (y de mi mamá),

Infraganti

Ficha 8: las colocaciones

Noche de Halloween

TOC, TOC, TOC

– Zzzzzzzzzzzz

– Don Geruuuuundioooooo…

– Zzzzzzzzzzz

– ¡Don Geruuuuuuuuuundioooooo…!

– Mmmmmmm… ¿están llamando a la puerta?

– Siiiiiiiiiiiiiii.

– Oiga, no me moleste, ¿no ve que es muy temprano y todavía no ha amanecido?

– ¡Don Geruuuuuundiooooooooooooo!

– ¿Qué sucede? ¿Se puede saber por qué interrumpe mi descanso a horas tan intempestivas? ¿Quién es usted y… ¡eh…,! cómo demonios ha logrado ahora traspasar la puerta?

– Soy una aparicioooooooón.

– ¿Una aparición?

– Sí. Y si me lo permite, en lo sucesivo voy a dejar de alargar las vocaaaaaaaales, que me resulta la mar de incómodo. ¿Acaso no sabe qué día es hoy, o mejor dicho, qué noche?

– Ni idea.

– Pues hoy es Halloween, amigo. ¡Noche de difuntos!

– ¿Y…?

– ¡Cómo que “y…”! Le resumo el panorama: llueve sobre el gris asfalto, nieva en las escarpadas e inhóspitas montañas y hace un frío que pela.

– Oiga, pues aquí se está muy calentito.

– ¿Ah sí? Pues en la calle había espíritus, ánimas y otros seres de ultratumba deambulando sin rumbo, que lo sepa. Y permítame recordarle, por último, que en Halloween se pasa muuuuuuuucho miedo.

. Ya, pues yo le recuerdo a usted que ha dicho que no iba a alargar las vocales.

– Disculpe.

– En fin, que por lo que veo, habrá que levantarse…

– Eso, eso, levántese y dígame de una vez por todas qué le parece a usted mi obscura y tenebrosa presencia, ¿eh?

 – Pues espérese que me ponga las gafas y le digo, que no veo un pimien…. ¡Huy, qué tío más feo!

– Ajajá.  Reconocerá entonces que resulto desagradable y maléfico, ¿no?

– Bueno hombre, ya sabe, uno nunca está contento con lo que tiene. Yo diría más bien que no es usted muy agraciado, pero…, vamos, no sé si conoce a mi amigo Osomodo…

– Pues no, mire, no tengo el gusto. Fíjese, fíjese bien. ¿Qué le sugiere mi cabeza, ahí todita desprendida del cuerpo?

– Pues…. ¿Me puede decir dónde está?

– Estoy en sus aposentos.

– No, si digo su cabeza, que no la veo.

– Aquí, aquí abajo, entre mis manos.

– Ah, ya decía yo que no la encontraba. Oiga, se va usted a hacer daño… 

– Bah, cuando estás finado ya no te duele nada. ¿Y qué me dice de mi desgarradora, truculenta, y chirriante voz?

– Hombre, hay que reconocer que el bel canto no debe ser lo suyo, no, pero bueno, yo las he visto peores. ¿No ha oído usted a Ipsopato cantando a Raphael en el karaoke? Pues es un es-cán-da-lo.

– Ya, ¿y de mis espantosos ojos qué?

– ¿De los ojos?

– Sí, míreme bien.

– Pues que al menos los tiene usted los dos y bien colocaditos en su sitio. ¿Ha visto la cuarta parte de la saga de La rebelión de los zombis bizcos?

– No.

– Pues es tremenda. No hay cadáver que conserve los dos globos oculares en las respectivas cuencas. 

– Ya, ya, pero..¿qué le parece cómo relampaguean mis ojitos?

– Eso sí.

– Sepa que me llueven las ofertas para pelis de terror de serie B.

– Me deja usted deslumbrado, en todo el sentido de la expresión.

– ¿Y qué hay de mis afiladas y prominentes uñas?

– Pues… que un cortecito no les vendría nada mal, la vedad sea dicha. Si quiere llamamos a Infraganti, que se le da de bien lo de la manicura…..

– Quite, quite… ¿Y ha reparado usted, por último, en mi desagradable aliento?

– Pues la verdad es que no. Lo de tener la cabeza tan abajo es lo que tiene, que se disimula la halitosis… digo yo, no sé.

– Oiga, me está usted cansando…

– Espere, espere que le alcanzo una bandejita para que repose la cabeza, que digo yo que pesara lo suyo…

– ¡Basta ya de tonterías!, ¿es que no va a usted a chillar ni va a salir corriendo como un poseso?

– ¿Quién yo? ¿Y por qué habría de hacerlo?

– Hombre, pues porque se supone que está usted lo que se dice “cagaíto de miedo”, no me diga que no.

– Bueno, yo es que poseo un método infalible para no pasar miedo por las noches.

– ¿Ah sí? ¿Y se puede saber en qué consiste el método, fanfarrón?

– Verá, yo es que amanezco siempre abrazado a mi osito de peluche.

– ¿A un osito de peluche? Pero si eso son cosas de niños…

– Ya, pero no sabe usted cómo reconforta y lo protegido que se siente uno de las dichosas apariciones, ánimas y otros desafiantes seres de ultratumba.

– Oiga, sin faltar,¿eh? Y dice usted que el osito ese da buen resultado…

– No falla; verá, se lo voy a enseñar, que me ha caído usted bien. Mire, aquí lo tengo, entre las sábanas está… pero… ¡mi ositoooooooo! ¿Quién se ha llevado mi ositooooooooooo?

– No se altere, oiga, y no alargue tanto las vocales, que va a despertar a los vecinos…

– ¡Aaaaaaaaaaaag, un difuntoooooooooooooooooo!   

 

 

Golpe a golpe, verso a verso

– ¡Muy buenas noches, amiguitos y amiguitas!, os habla don Gerundio desde este abarrotadísimo estadio de… la Nueva Gerundina, en el que vamos a asistir al combate más esperado, un combate a vida o muerte, sí, al que enfrenta a dos grandes campeones… A mi derecha, con leotardos rojo fosforito bien ajustaditos, camiseta de Bob Esponja, gorrilla calada hasta las orejas y visera girada pa’atrás, nuestro aspirante al título… ¡Gustavo Adolfo!

¡Hurra! ¡Bieeeen! ¡Venga!

– Don Gerundio, a su izquierda, estoy a su izquierda.

– Bueno, a mi izquierda. Pues entonces, a mi derecha, con pantaloncito corto y calcetines subidos hasta las mismísimas rodillas, camiseta de Patricio, muy mono él…

– A su izquierda, don Gerundio, a su derecha está ahora Gustavo.

– Pero bueno, ¿Queréis dejar de moveros ya? Decía que aquí, a mi otro lado, dispuesto a renovar su título, el campeón, el único, el inconfundible… ¡Potito!

 ¡Bravooooo! ¡Yupiii! ¡Vamooooos!

– Bien amigos, el combate va a comenzar. Las reglas del juego son las siguientes: yo diré una palabra y vosotros tendréis que componer una o varias estrofillas con versos de ocho sílabas, ocho, con el tipo de rima que queráis, pero que rimen, claro, y que contengan, por supuesto, la dichosa palabra. Primero comienza el aspirante, y después el campeón. Si a quien le toque componer se equivoca, se queda callado más de tres segundos o, SOBRE TODO, dice alguna cochinada, palabrota o término malsonante… pierde. ¿Queda claro? ¡Nada de cochinadas ni palabrotas!

– Sí, don Gerundio.

– Clarísimo, don Gerundio.

– Bien, pues como decía el poeta… ¡golpe a golpe y verso a verso! Empecemos. La primera palabra es para ti, Gustavo Adolfo, y está relacionada con la llamativa vestimenta que portas. Allá va: ¡LEOTARDO!

Con la ropa que me he puesto

 para venir al concurso

no me tacharán de apuesto,

y mucho menos de pulcro.

El problema es que es tan justo

este leotardo chulo

que a poquito que me agache,

imagínese el disgusto,

se me acaba viendo el…

– ¡Eliminado, Gustavo Adolfo! ¡Marrano, que eres un marrano! ¿Qué es eso de que se te acaba viendo el culo?

– ¡Pero… si iba a decir el “parche”, don Gerundio!, que rima con “agache”. “Justo” con “disgusto” y “parche” con “agache”. “Se me acaba viendo el parche”.

– Vaaale, vale. Sigamos entonces. Tu turno, Potito. Y no hará falta que recuerde que nada de cochinadas ni palabrotas, ¿eh?

– Nada.

– ¡Pues venga!, que esta vez también vamos a recurrir a tu singular vestuario. La palabra es… ¡CALCETINES!

Ya se acaba el veranito,

bajan la temperaturas,

se cierran los chiringuitos

y tiemblan las dentaduras.

Mi mamá me pide a gritos

que me ponga calcetines

y si no dice “mechachis”,

porque abrigan los deditos

y no cantan los …

 – ¡Eliminado! Potito. ¿Te parece a ti que a la gente le importa si te cantan o no te cantan los tachines, so marrano?

– Pero… don Gerundio, si iba a decir “mariachis”, que rima con “mechachis”. “Y no cantan los mariachis”. Es que no me gustan nada.

– Ya. Vale, ¿pues sabéis lo que os digo? Que me parece a mí que me estáis tomando el pelo ambos. Ya está bien de cochinadas, que me volvéis majareta. Al que diga marranadas, yo le mando a hacer….

– ¡Eliminado, don Gerundio!

– Pero… si iba decir “calceta”.

Efecto óptico

Yo es que me parto, qué queréis que os diga. Sucede que paso a diario por la madrileña Plaza de Castilla, lugar en el que se alzan los famosísimos edificios inclinados conocidos como Torres Kío, y siempre andan merodeando por allí turistas y curiosos con su cámara fotográfica en ristre. Se sitúan  delante de las torres, calculan la distancia ideal y extienden los brazos en cruz, tratando de simular, jugando con la perspectiva, que el tipo o tipa en cuestión sujeta las dos torres como si estas fueran a caerse si no llega a ser, gracias a Dios, por su tremenda fortaleza y capacidad de resistencia. Y se hacen la consabida foto buscando el efecto óptico… ¡Click!

¿Original, no? Pues no. No, por la sencilla razón de que lo hace todo el mundo. Y cuando es la primera vez que lo ves dices, vale, qué chula la foto, cómo va a fardar el tío cuando se la enseñe a los amigotes. Pero claro, cuando es uno sí y otro también… pues eso, que yo es que me parto, qué queréis que os diga. Mejor dicho, me partía, porque después de lo del otro día, ya me ando yo con cuidadito, ya…

Veréis, resulta que pasaba yo por el lugar en cuestión y me encuentro a un tipo que, eso sí, hay que reconocer que cachas sí que estaba, haciéndose la consabida instantánea, ya sabéis, buscando el dichoso efecto óptico. Y yo, ya digo, en esos casos es verlo y me parto. Con lo cual, el tipo va y se percata de mi sonrisa, que le debí pillar además en la típica mañanita tonta, y me dice sin abandonar su postura…

– Pssssss, psssss…

– ¿Es a mí?

– Sí, usted, ¿Se puede saber de qué se ríe?

– Es que…, me va usted a perdonar, pero me hace gracia lo de la posturita con las torres…

– Le hace gracia que trate de sujetarlas, ¿no?

– Hombre no, exactamente eso no. Ya sé que usted sabe que no se van a caer, que se trata sólo de buscar un efecto óptico…

– ¿Entonces?

– Pues me hace gracia que todos hagan lo mismo, usted me perdonará.

– ¿Todos hacemos lo mismo?

– Sí.

– ¿Sujetarlas?

– No, buscar el efecto óptico.

– Ya, y a usted no le parece original, claro.

– Eso.

– ¿Y el asunto le divierte?

– Bueno, sin maldad y  sin ánimo de ofender, no me interprete usted mal, que no me quiero reír de usted…

– Ya, de quien se quiere reír entonces es del arquitecto, que las diseñó así de mal, ¿no es eso?

– No hombre, tampoco es eso, entiéndame, le repito que ya sé que no se van a caer, que llevo pasando por aquí muchos años a diario y…

– Quiere entonces que cambie de postura, ¿no?

– No, no, siga, siga con lo suyo, que a mi me da igual.

– Ya, le da igual pero se ha estado partiendo de risa de todos cuantos nos detenemos ante este original y pintoresco paisaje conformado por estas torres de tan sugerente inclinación…

– No se me altere…

– … con la sana y loable intención de imaginar por un momento mundos de fantasía y ensoñación…

– Oiga, relájese…

– … retrotrayéndonos a nuestra feliz e inocente infancia, época en la cual todo antojábasenos verosímil y factible…

– Tranquiloooo…..

– … como lo sería la posibilidad incluso de sujetar, como ahora hago yo, con mis fuertes brazos, porque son fuertes, ¿verdad?…

– Lo son, ya lo creo que lo son…

– …en heroica actitud, toneladas y toneladas de cemento, hormigón, vigas, cristal, y cuantos materiales hayan podido utilizarse en la construcción de semejante edificación, ya lo ve como aguanto, para…

– Quietooo…

– …inmortalizar con un inocente objetivo de una sencilla cámara digital este segundo de gloria, destacando al mismo tiempo la impresionante envergadura que atesoro, en la cual supongo que habrá usted reparado…

– He reparado, sí, pero…

– Y mientras nosotros sujetamos y tensamos nuestra musculatura, curtida en cientos de gimnasios, instalaciones deportivas y salones de fitness…

– Jo…

– … mientras, digo, ¡usted se dedica a jugar con nuestros sentimientos!

– No, discúlpeme, de verdad que no es mi intención, siga, siga con su postura…, pero… ¿qué va a hacer! ¡oiga! ¡suéltemeeeee…!

 ……….

 

Hoy no hay ficha, sino ejercicio de imaginación y, en su caso, redacción. ¿Cuál es el final de esta historia contada por don Gerundio? Elige la opción correcta:

a.- Que el tío cachas y repipi le sacude de lo lindo al bueno de don Gerundio, quien ahora mismo se encuentra en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Infanta Naranja.

b.- Que no, que está en el Infanta Limón, también en cuidados  intensivos, eso sí.

c.-  Que el tío cachas y repipi se hace una foto con don Gerundio para presumir luego con los amigotes, y todos tan contentos. 

d.- Que el tío cachas y repipi cambia de postura y… ¡hala!, se cayeron las torres.

e.- Ninguna de las anteriores y me invento otra mejor que paso a redactar con todo detalle en los comentarios a este blog…, porque yo lo valgo.

Las contestaciones, en los comentarios, ea.