Noche de Halloween

TOC, TOC, TOC

– Zzzzzzzzzzzz

– Don Geruuuuundioooooo…

– Zzzzzzzzzzz

– ¡Don Geruuuuuuuuuundioooooo…!

– Mmmmmmm… ¿están llamando a la puerta?

– Siiiiiiiiiiiiiii.

– Oiga, no me moleste, ¿no ve que es muy temprano y todavía no ha amanecido?

– ¡Don Geruuuuuundiooooooooooooo!

– ¿Qué sucede? ¿Se puede saber por qué interrumpe mi descanso a horas tan intempestivas? ¿Quién es usted y… ¡eh…,! cómo demonios ha logrado ahora traspasar la puerta?

– Soy una aparicioooooooón.

– ¿Una aparición?

– Sí. Y si me lo permite, en lo sucesivo voy a dejar de alargar las vocaaaaaaaales, que me resulta la mar de incómodo. ¿Acaso no sabe qué día es hoy, o mejor dicho, qué noche?

– Ni idea.

– Pues hoy es Halloween, amigo. ¡Noche de difuntos!

– ¿Y…?

– ¡Cómo que “y…”! Le resumo el panorama: llueve sobre el gris asfalto, nieva en las escarpadas e inhóspitas montañas y hace un frío que pela.

– Oiga, pues aquí se está muy calentito.

– ¿Ah sí? Pues en la calle había espíritus, ánimas y otros seres de ultratumba deambulando sin rumbo, que lo sepa. Y permítame recordarle, por último, que en Halloween se pasa muuuuuuuucho miedo.

. Ya, pues yo le recuerdo a usted que ha dicho que no iba a alargar las vocales.

– Disculpe.

– En fin, que por lo que veo, habrá que levantarse…

– Eso, eso, levántese y dígame de una vez por todas qué le parece a usted mi obscura y tenebrosa presencia, ¿eh?

 – Pues espérese que me ponga las gafas y le digo, que no veo un pimien…. ¡Huy, qué tío más feo!

– Ajajá.  Reconocerá entonces que resulto desagradable y maléfico, ¿no?

– Bueno hombre, ya sabe, uno nunca está contento con lo que tiene. Yo diría más bien que no es usted muy agraciado, pero…, vamos, no sé si conoce a mi amigo Osomodo…

– Pues no, mire, no tengo el gusto. Fíjese, fíjese bien. ¿Qué le sugiere mi cabeza, ahí todita desprendida del cuerpo?

– Pues…. ¿Me puede decir dónde está?

– Estoy en sus aposentos.

– No, si digo su cabeza, que no la veo.

– Aquí, aquí abajo, entre mis manos.

– Ah, ya decía yo que no la encontraba. Oiga, se va usted a hacer daño… 

– Bah, cuando estás finado ya no te duele nada. ¿Y qué me dice de mi desgarradora, truculenta, y chirriante voz?

– Hombre, hay que reconocer que el bel canto no debe ser lo suyo, no, pero bueno, yo las he visto peores. ¿No ha oído usted a Ipsopato cantando a Raphael en el karaoke? Pues es un es-cán-da-lo.

– Ya, ¿y de mis espantosos ojos qué?

– ¿De los ojos?

– Sí, míreme bien.

– Pues que al menos los tiene usted los dos y bien colocaditos en su sitio. ¿Ha visto la cuarta parte de la saga de La rebelión de los zombis bizcos?

– No.

– Pues es tremenda. No hay cadáver que conserve los dos globos oculares en las respectivas cuencas. 

– Ya, ya, pero..¿qué le parece cómo relampaguean mis ojitos?

– Eso sí.

– Sepa que me llueven las ofertas para pelis de terror de serie B.

– Me deja usted deslumbrado, en todo el sentido de la expresión.

– ¿Y qué hay de mis afiladas y prominentes uñas?

– Pues… que un cortecito no les vendría nada mal, la vedad sea dicha. Si quiere llamamos a Infraganti, que se le da de bien lo de la manicura…..

– Quite, quite… ¿Y ha reparado usted, por último, en mi desagradable aliento?

– Pues la verdad es que no. Lo de tener la cabeza tan abajo es lo que tiene, que se disimula la halitosis… digo yo, no sé.

– Oiga, me está usted cansando…

– Espere, espere que le alcanzo una bandejita para que repose la cabeza, que digo yo que pesara lo suyo…

– ¡Basta ya de tonterías!, ¿es que no va a usted a chillar ni va a salir corriendo como un poseso?

– ¿Quién yo? ¿Y por qué habría de hacerlo?

– Hombre, pues porque se supone que está usted lo que se dice “cagaíto de miedo”, no me diga que no.

– Bueno, yo es que poseo un método infalible para no pasar miedo por las noches.

– ¿Ah sí? ¿Y se puede saber en qué consiste el método, fanfarrón?

– Verá, yo es que amanezco siempre abrazado a mi osito de peluche.

– ¿A un osito de peluche? Pero si eso son cosas de niños…

– Ya, pero no sabe usted cómo reconforta y lo protegido que se siente uno de las dichosas apariciones, ánimas y otros desafiantes seres de ultratumba.

– Oiga, sin faltar,¿eh? Y dice usted que el osito ese da buen resultado…

– No falla; verá, se lo voy a enseñar, que me ha caído usted bien. Mire, aquí lo tengo, entre las sábanas está… pero… ¡mi ositoooooooo! ¿Quién se ha llevado mi ositooooooooooo?

– No se altere, oiga, y no alargue tanto las vocales, que va a despertar a los vecinos…

– ¡Aaaaaaaaaaaag, un difuntoooooooooooooooooo!   

 

 
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Golpe a golpe, verso a verso

– ¡Muy buenas noches, amiguitos y amiguitas!, os habla don Gerundio desde este abarrotadísimo estadio de… la Nueva Gerundina, en el que vamos a asistir al combate más esperado, un combate a vida o muerte, sí, al que enfrenta a dos grandes campeones… A mi derecha, con leotardos rojo fosforito bien ajustaditos, camiseta de Bob Esponja, gorrilla calada hasta las orejas y visera girada pa’atrás, nuestro aspirante al título… ¡Gustavo Adolfo!

¡Hurra! ¡Bieeeen! ¡Venga!

– Don Gerundio, a su izquierda, estoy a su izquierda.

– Bueno, a mi izquierda. Pues entonces, a mi derecha, con pantaloncito corto y calcetines subidos hasta las mismísimas rodillas, camiseta de Patricio, muy mono él…

– A su izquierda, don Gerundio, a su derecha está ahora Gustavo.

– Pero bueno, ¿Queréis dejar de moveros ya? Decía que aquí, a mi otro lado, dispuesto a renovar su título, el campeón, el único, el inconfundible… ¡Potito!

 ¡Bravooooo! ¡Yupiii! ¡Vamooooos!

– Bien amigos, el combate va a comenzar. Las reglas del juego son las siguientes: yo diré una palabra y vosotros tendréis que componer una o varias estrofillas con versos de ocho sílabas, ocho, con el tipo de rima que queráis, pero que rimen, claro, y que contengan, por supuesto, la dichosa palabra. Primero comienza el aspirante, y después el campeón. Si a quien le toque componer se equivoca, se queda callado más de tres segundos o, SOBRE TODO, dice alguna cochinada, palabrota o término malsonante… pierde. ¿Queda claro? ¡Nada de cochinadas ni palabrotas!

– Sí, don Gerundio.

– Clarísimo, don Gerundio.

– Bien, pues como decía el poeta… ¡golpe a golpe y verso a verso! Empecemos. La primera palabra es para ti, Gustavo Adolfo, y está relacionada con la llamativa vestimenta que portas. Allá va: ¡LEOTARDO!

Con la ropa que me he puesto

 para venir al concurso

no me tacharán de apuesto,

y mucho menos de pulcro.

El problema es que es tan justo

este leotardo chulo

que a poquito que me agache,

imagínese el disgusto,

se me acaba viendo el…

– ¡Eliminado, Gustavo Adolfo! ¡Marrano, que eres un marrano! ¿Qué es eso de que se te acaba viendo el culo?

– ¡Pero… si iba a decir el “parche”, don Gerundio!, que rima con “agache”. “Justo” con “disgusto” y “parche” con “agache”. “Se me acaba viendo el parche”.

– Vaaale, vale. Sigamos entonces. Tu turno, Potito. Y no hará falta que recuerde que nada de cochinadas ni palabrotas, ¿eh?

– Nada.

– ¡Pues venga!, que esta vez también vamos a recurrir a tu singular vestuario. La palabra es… ¡CALCETINES!

Ya se acaba el veranito,

bajan la temperaturas,

se cierran los chiringuitos

y tiemblan las dentaduras.

Mi mamá me pide a gritos

que me ponga calcetines

y si no dice “mechachis”,

porque abrigan los deditos

y no cantan los …

 – ¡Eliminado! Potito. ¿Te parece a ti que a la gente le importa si te cantan o no te cantan los tachines, so marrano?

– Pero… don Gerundio, si iba a decir “mariachis”, que rima con “mechachis”. “Y no cantan los mariachis”. Es que no me gustan nada.

– Ya. Vale, ¿pues sabéis lo que os digo? Que me parece a mí que me estáis tomando el pelo ambos. Ya está bien de cochinadas, que me volvéis majareta. Al que diga marranadas, yo le mando a hacer….

– ¡Eliminado, don Gerundio!

– Pero… si iba decir “calceta”.

Efecto óptico

Yo es que me parto, qué queréis que os diga. Sucede que paso a diario por la madrileña Plaza de Castilla, lugar en el que se alzan los famosísimos edificios inclinados conocidos como Torres Kío, y siempre andan merodeando por allí turistas y curiosos con su cámara fotográfica en ristre. Se sitúan  delante de las torres, calculan la distancia ideal y extienden los brazos en cruz, tratando de simular, jugando con la perspectiva, que el tipo o tipa en cuestión sujeta las dos torres como si estas fueran a caerse si no llega a ser, gracias a Dios, por su tremenda fortaleza y capacidad de resistencia. Y se hacen la consabida foto buscando el efecto óptico… ¡Click!

¿Original, no? Pues no. No, por la sencilla razón de que lo hace todo el mundo. Y cuando es la primera vez que lo ves dices, vale, qué chula la foto, cómo va a fardar el tío cuando se la enseñe a los amigotes. Pero claro, cuando es uno sí y otro también… pues eso, que yo es que me parto, qué queréis que os diga. Mejor dicho, me partía, porque después de lo del otro día, ya me ando yo con cuidadito, ya…

Veréis, resulta que pasaba yo por el lugar en cuestión y me encuentro a un tipo que, eso sí, hay que reconocer que cachas sí que estaba, haciéndose la consabida instantánea, ya sabéis, buscando el dichoso efecto óptico. Y yo, ya digo, en esos casos es verlo y me parto. Con lo cual, el tipo va y se percata de mi sonrisa, que le debí pillar además en la típica mañanita tonta, y me dice sin abandonar su postura…

– Pssssss, psssss…

– ¿Es a mí?

– Sí, usted, ¿Se puede saber de qué se ríe?

– Es que…, me va usted a perdonar, pero me hace gracia lo de la posturita con las torres…

– Le hace gracia que trate de sujetarlas, ¿no?

– Hombre no, exactamente eso no. Ya sé que usted sabe que no se van a caer, que se trata sólo de buscar un efecto óptico…

– ¿Entonces?

– Pues me hace gracia que todos hagan lo mismo, usted me perdonará.

– ¿Todos hacemos lo mismo?

– Sí.

– ¿Sujetarlas?

– No, buscar el efecto óptico.

– Ya, y a usted no le parece original, claro.

– Eso.

– ¿Y el asunto le divierte?

– Bueno, sin maldad y  sin ánimo de ofender, no me interprete usted mal, que no me quiero reír de usted…

– Ya, de quien se quiere reír entonces es del arquitecto, que las diseñó así de mal, ¿no es eso?

– No hombre, tampoco es eso, entiéndame, le repito que ya sé que no se van a caer, que llevo pasando por aquí muchos años a diario y…

– Quiere entonces que cambie de postura, ¿no?

– No, no, siga, siga con lo suyo, que a mi me da igual.

– Ya, le da igual pero se ha estado partiendo de risa de todos cuantos nos detenemos ante este original y pintoresco paisaje conformado por estas torres de tan sugerente inclinación…

– No se me altere…

– … con la sana y loable intención de imaginar por un momento mundos de fantasía y ensoñación…

– Oiga, relájese…

– … retrotrayéndonos a nuestra feliz e inocente infancia, época en la cual todo antojábasenos verosímil y factible…

– Tranquiloooo…..

– … como lo sería la posibilidad incluso de sujetar, como ahora hago yo, con mis fuertes brazos, porque son fuertes, ¿verdad?…

– Lo son, ya lo creo que lo son…

– …en heroica actitud, toneladas y toneladas de cemento, hormigón, vigas, cristal, y cuantos materiales hayan podido utilizarse en la construcción de semejante edificación, ya lo ve como aguanto, para…

– Quietooo…

– …inmortalizar con un inocente objetivo de una sencilla cámara digital este segundo de gloria, destacando al mismo tiempo la impresionante envergadura que atesoro, en la cual supongo que habrá usted reparado…

– He reparado, sí, pero…

– Y mientras nosotros sujetamos y tensamos nuestra musculatura, curtida en cientos de gimnasios, instalaciones deportivas y salones de fitness…

– Jo…

– … mientras, digo, ¡usted se dedica a jugar con nuestros sentimientos!

– No, discúlpeme, de verdad que no es mi intención, siga, siga con su postura…, pero… ¿qué va a hacer! ¡oiga! ¡suéltemeeeee…!

 ……….

 

Hoy no hay ficha, sino ejercicio de imaginación y, en su caso, redacción. ¿Cuál es el final de esta historia contada por don Gerundio? Elige la opción correcta:

a.- Que el tío cachas y repipi le sacude de lo lindo al bueno de don Gerundio, quien ahora mismo se encuentra en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Infanta Naranja.

b.- Que no, que está en el Infanta Limón, también en cuidados  intensivos, eso sí.

c.-  Que el tío cachas y repipi se hace una foto con don Gerundio para presumir luego con los amigotes, y todos tan contentos. 

d.- Que el tío cachas y repipi cambia de postura y… ¡hala!, se cayeron las torres.

e.- Ninguna de las anteriores y me invento otra mejor que paso a redactar con todo detalle en los comentarios a este blog…, porque yo lo valgo.

Las contestaciones, en los comentarios, ea. 

La vuelta al cole

– Buenos días. Disculpe…, ando buscando a don Gerundio…

– Ya, pues no la veo yo que ande, señorita.

– Quiero decir que venía a ver si está aquí. ¿No me habré equivocado de blog, verdad?

– No, no se ha equivocado. Está usted en el blog de don Gerundio.

– Y entonces… permítame una preguntita: ¿Usted quién es…?, ¿dónde está don Gerundio…?

– Eso son dos preguntitas, amiga. ¿Es que no sabe usted contar?

– Claro que sé. Lo que pasa es que se me acumulan la dudas, oiga.

– Bien, pues vayamos con la cuestión número uno. ¿Que quién soy yo?

– Sí.

– Un pedete.

– Oiga, es usted un pelín cochinete, ¿eh?

– Disculpe, quise decir que soy un PDT, el Personal Decorative Trainer de don Gerundio.

– ¿Y eso qué es?

– Pues el entrenador y estilista de los famosetes, ya sabe.

– ¡Caramba, carambita! Pero si don Gerundio no es famosete ni nada, si se trata de un tipo de lo más normal…

– Sí, ya, eso era antes del veranito, pero ahora, con el acoso de los medios y eso, el hombretón necesita estar siempre en forma (de ahí lo de entrenador) a la par que presentable (de ahí lo de decorativo). ¿Es que no ha visto usted qué guapetón ha salido el tío en el suplemento cultural del ABC o en la prestigiosa revista DELIBROS?

– ¡Qué me dice!

– No, en el “Qué me dices” todavía no, pero todo se andará. Por eso resulta tan  necesario un pedete.

– ¿Otra vez?

– Que no, mujer, que me refiero a mi labor asistencial.

– Bueno, vale, déjese de rollo y vayamos ya a la cuestión número dos. ¡Andandito!

– Refrésqueme la memoria pues. ¿De qué se trata?

– ¿Dónde está don Gerundio?

– ¿Quién lo pregunta?

– Pues yo; ¿es que no me ha oído?

– Ya, pero… ¿usted quién es?

– Yo soy Solista.

– ¿La del violín?

– La misma.

– ¿Y quiénes son, si puede saberse, sus acompañantes, que no paran de armar ruido ahí afuera?

– Ah, son el resto de la pandilla, que se han quedado esperando. Ya sabe: Potito, Osomodo, Ipsopato… Los amiguitos de don Gerundio.

– Vale, vale, ya me suenan ustedes: la listilla, el poetastro y compañía. Pues con el jaleo que arman, más que los amiguitos de don Gerundio parecen ustedes los amigotes. Y más que una pandilla, yo diría que se comportan sencillamente como una panda cualquiera.

– Oiga, le encuentro a usted un tanto despectivo, ¿eh?

– ¿Y para cuándo dice que querrían ver a don Gerundio?

– ¿Cómo que para cuándo? ¡Ahorita mismo!, que ya está bien de vacaciones, hombre.

– Bueno, verá, es que don Gerundio terminó el curso pasado agotadito, el pobre…

– Si, ya, como nosotros, y aquí nos tiene, dispuestos a continuar con nuestra labor pedagógica.

– Claro, pero ustedes lo único que hacen es echar una manita de vez en cuando. No entiendo qué queja tienen de él, si se porta con ustedes como un verdadero padrazo.  

– Ya, pero es que curso escolar está ya a puntito de comenzar, así que más vale que le avise prontito.

– ¡No me diga que comienza ya el curso! ¡Eso no lo sabía yo! Entonces sí que va siendo hora de que le llamemos, sí. Espere que ahora mismo le doy un telefonazo.

 Prrrrrppppp

 – ¡Oiga! Eso no habrá sido…

– ¡Huy, perdón. Ahora sí que sí…

– ¡Cochinote!

Repasando
Ficha 5

Ficha 5: Diminutivos, aumentativos y despectivos

Vacaciones de verano o los Miguelitos de La Roda, como está mandao

Una cosa que sucede año tras año por estas mismas fechas es que se aproximan, ellas solitas, las vacaciones de verano. ¿Que en qué se nota exactamente? Pues a ver, se nota en varias cositas que paso a enumerar: 

En primer lugar, en las ganitas que tiene uno de que lleguen ya, hombre. Porque claro, hace ya casi un año desde la última vez y ya se echan de menos. Y es que, además de trabajar, también es bueno descansar, como está mandao. 

En segundo lugar, se nota también en que ya por fin va haciendo calorcito y apetece remojarse la barriga, como está mandao. Con lo cual, está uno deseandito de, una de dos, o darse un chapuzón en la piscina, o coger coche, bañador y sombrilla y tirar para la playa más cercana, que para los que vivimos en Madrid acostumbra a ser alguna que otra de la costa levantina. Haciendo antes, eso sí, la obligatoria parada de descanso a mitad de camino, aprovechando para tomar un cafelito acompañado de los deliciosos Miguelitos de la Roda, como está mandao. 

Y se nota, por último,  en que ya no hay cole y en que tendremos por fin en nuestro poder – que digo yo que las tendremos, ¿no? – las fabulosas notazas que dan fe de nuestro tan esforzado como sobresaliente trabajo a lo largo del año, como está mandao. 

Bueno, lo que os iba a contar en realidad es que como ya llegan las vacaciones de verano, he decidido reunir a la pandilla con la intención de  plantearles la cuestión de a ver cómo nos repartimos los turnos, para mantener esto en orden, como está mandao. Porque es que últimamente, entre los unos y los otros, me tienen desatendidísimo el blog. Y ya no digo que escriban algo, no…, es que yo creo que  ni se lo leen. 

Ah, y ya veo que el primerito en llegar, cómo no, va a ser Ipsopato. Qué rápido es el tío, por ahí viene. Así que voy y le digo: “Ipsopato, no sé si habrás notado que…” Y el pato va y me corta: “Que si, don Gerundio, que se aproximan, ellas solitas, las vacaciones de verano ¿No es eso?” 

La siguiente en llegar es Solista, quien sin pensárselo exclama: 

– Y yo también he notado que tiene usted ganitas de que lleguen ya, porque hace ya casi un año desde la última vez y ya se echan de menos, ¿verdad? 

– A las vacaciones te refieres, supongo, ¿no Solista? – interrogo a la muchacha. 

Y a todo esto la niña va y me dice que claro, que a qué se va a referir si no, que es que además de trabajar también es bueno descansar, como está mandao. 

Pues en estas estábamos cuando de repente se unen al grupo Caproveche e  Infraganti para quejarse todos juntos de que si menudo calorcito que está haciendo, añadiendo entre exclamaciones que cómo apetece remojarse la barriga, como está mandao. 

El que llega el último es el niño poeta, ya sabéis, Potito. Y al hacer tanto calor, qué bonito bañador.  Así pues, una de dos, ¡vive Dios!, chapuzón en la piscina o en la costa levantina. 

A continuación, lo que faltaba, veo venir al bueno de Osomodo, que me sale con no sé qué de las fabulosas tazas de café, y con que es que él es un mandao.  Que para mí que, como siempre, no se ha enterado de mucho. 

Y al final va y me suelta, el oso: 

– ¿Se come usted a los niños, don Gerundio? 

– ¿Qué has dicho? 

– He dicho que si se como usted a los niños, don Gerundio. Lo digo por lo de los Manolitos… o Pepitos…o como se llamen los pobres churumbelillos… 

Total, que ahí ya se me pone la mosca definitivamente detrás de la oreja… 

– A ver chicos, decidme la verdad, ¿se puede saber qué estabais haciendo exactamente antes de venir aquí? 

– Pues qué vamos a estar haciendo, don Gerundio. Leer su blog. Como está mandao.  

Ficha 4

 Ficha 4: Estilo directo y estilo indirecto

 

Me gusta el fútbol

Dime una cosa, Ipsopato.

– ¡Mecachis!

– ¿Cómo dices?

– ¿No me ha dicho que le dijera una cosa, don Gerundio? Pues después de lo del partido de España lo único que se me ocurre decir es eso, que mecachis.

– No, no. Me refería a que te iba a preguntar algo. Es que no me has dejado terminar, de lo rapidillo que eres.

– Ya sabe, don Gerundio, es que yo contesto a todo ipso facto.

– Verás, lo que iba a preguntarte precisamente, Ipsopato, es que si a ti te gusta el fútbol.

– A mí, mucho, sí. Aunque tengo que reconocer que soy un poco pato con la pelota entre las patas, quiero decir…que soy más bien torpe con el balón en los pies. Y a usted qué, ¿le gusta?

A mi me encantan toditos los deportes, Ipsopato.

Los españoles somos así, ya sabéis. Después de un partido, de lo único que sabemos hablar es de fútbol y más fútbol. Y como nuestra selección acaba de comenzar su andadura en el Mundial (con mal pie, por cierto) durante los próximos días, ya se sabe,  no hay quien ose hablar de otra cosa. Y hablando de “osar”, en esas estábamos, Ipsopato y yo, cuando vimos venir a nuestro querido Osomodo equipado con… ¡oh no!, equipado con una vuvuzela, las odiosas trompetitas que no paran de sonar durante los partidos en el Mundial de Sudáfrica.

 Tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuuuu

 – Hola Osomodo, ¿Qué te trae por aquí?

– Hola don Gerundio y compañía. ¿Sabéis a qué hora empieza el partidito?

– Osomodo, lamento decirte, hijo mío, que el partido ya ha terminado.

– ¿Ya ha terminado? ¿Y por cuánto ha ganado España?

 Tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuuuu

 – Osomodo, vuelvo a lamentar decirte, hijo mío, que España no ha ganado. Ni siquiera ha empatado. Sencillamente, hemos perdido.

– Ande, ande, don Gerundio. No me venga con historias. ¿Cómo va a perder España, si es la favorita? Venga, que seguro que entre Villa y Torres se la han liado buena a los suizos.     

– Pues no. Lo cierto es que intentaban llegar una y otra vez, pero chico, había demasiados defensas.

– ¿Pero qué me está contado, don Gerundio? Si era un partido de lo más facilito. Si hasta mi primo Gafoso, que es gafe además de ser oso, había apostado por España.

 Tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuuuu

 – Pues me temo que tu primo ha perdido la apuesta.

– ¿Entonces nos volvemos ya a casita?

– No Osomodo, primer hay que jugar otros dos partidos, y ya veremos qué sucede.

– Ah, bueno, entonces puedo soplar la vuvuzela en honor de nuestro compañero de aventuras ¿no?

 Tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuuuu

 – No, no, por favor, Osomodo, la vuvuzela no la toques más, que ya estoy harto.

– Bueeeeeeeno.

– Por cierto, Osomodo. ¿quién dices que es nuestro compañero de aventuras?

– Pues quién va a ser, el entrenador.

– ¿Del Bosque?

– Sí señor, del Bosque de la Prosa.

 Tuuuuuuuuuu, tuuuuuuuuuuuu

 

Ficha 3

La presentación

Pensé yo que la cosa iba a ser más sencilla, la verdad: “hola, que soy don Gerundio, para servirles a todos ustedes”. Y ya está. Pero no.

Para los que no sepáis de qué estoy hablando, os diré que el sábado fue la presentación de Don Gerundio en el Bosque de la Prosa. Y que yo pensaba que iba a llegar allí, me iba a presentar y sanseacabó. Pero qué va, no veáis la que se montó.

Desde el día anterior ya andábamos todos nerviosos. Primero, con el dichoso nombrecito del sitio en el que presentábamos el libro, el Ateneo de Madrid. A la muchachada no le entraba en la cabeza lo de “Ateneo”, así que decidí una vez más recurrir a la ayuda del lenguaje:

– Acordaos – les dije – de la expresión “¡ateneos a las consecuencias!”, con el imperativo de “atenerse”, que es lo que se le dice a alguien, en este caso en plural, cuando quieres advertirle de que algo le puede pasar si no hace lo que es debido.

– Vaaaaaaala – me dijeron todos -, ya no se nos olviiiiiida”.

Y ya me quedé algo más tranquilo.

Pero la cosa se volvió a complicar ya el día de autos (que no tiene que ver con cochecitos ni nada, sino que se dice así aludiendo al día en el que suceden las cosas, es decir, al 5 de junio, el día de la presentación), cuando fuimos a tomar el Metro de Madrid para dirigirnos al Ateneo, también de Madrid.

– Deténgase, don Gerundio – , me suelta el tipo de la taquilla.

– Detenido estoy. ¿Qué sucede? -, le digo asustado.

Y va y me sale el tío con que no podemos pasar, y yo voy y le digo que por qué, si vamos a la presentación del libro de Don Gerundio en el Bosque de la Prosa, y el va y me argumenta que sí, que qué bien, que muy bonito el libro, pero que claro, que el pato y el oso, usted me comprenderá…

– ¿Qué sucede con el pato y el oso, señor taquillero?

– Pues que animales sueltos no pueden pasar, don Gerundio.

– ¿Animales sueltos? Pero si los dos están fenomenal de la tripita…

– No, no – me explica -.  Me refiero a que en el Metro no pueden viajar animales en libertad.

Total, que por no ponernos a discutir, que ya íbamos justitos de tiempo, les digo a Ipsopato y a Osomodo:

– Si cogéis un taxi, ¿sabréis llegar hasta el Ateneo, no?

Y va Osomodo y me contesta:

– Bueno, ya sabe, don Gerundio.

– ¿Que ya sé qué?

– Grosso modo.

En fin, que comenzó la presentación y del pato y el oso no supimos más, que por allí no aparecieron, y por si fuera poco a Caproveche le entró un ataque de gases con los nervios.

– Anda, vete al servicio, Caproveche, y no salgas de allí hasta que se te pase, que si no, no nos vas a dejar oír nada – le recomendé al niño.

Lo último que le oí decir fue “cruoooock” camino del escusado, y nada más supe de él hasta que no terminó la presentación, una vez que se le hubo pasado el ataque a la criatura.

Y luego está lo de Potito, al que nada más entrar cogieron por banda los de la Sección de Poesía del Ateneo y estuvieron entrevistándole y haciéndole fotos toda la santa mañana, que si siéntate ahí, que si cuéntanos algo, que si recítanos un poemita… Así que también se perdió el acto, el pobre.

En definitiva, que fuimos Infraganti, Solista y yo los encargados de realizar la presentación. Bueno, primero hablaron, y muy bien por cierto, Shara la editora Policarbonada, qué maja ella y qué bien habla; el escritor y dramaturgo Juan Mayorga, qué tío, qué de cosas ha escrito y que amable y entregado estuvo; el ilustrador Francisco Poyatos, qué simpático y qué bien que dibuja; y el autor Mariano Velasco, qué… qué voy a decir de él, si es quien me ha inventado. Y mientras Mariano Zurdo, Policarbonado también, vende que te vende libros.

 Y después,  va el autor y nos dice: ea, salid al escenario, muchachos. Y yo: pero es que… nos faltan Caproveche, Potito y, sobre todo, Oso Modo e Ipso Pato, que me tienen preocupado, que no sé dónde están, los muy animales (dicho esto en el buen y verdadero sentido de la expresión).

Y entonces fue cuando el autor me tranquilizó y me contó que no había pasado nada, que resultó que al ir a coger el taxi, el oso y el pato discutieron con otros señores que decían que lo habían llamado antes, al taxi, y que cuando el taxista les preguntó a los unos (los humanos) y a los otros (los animales) que cuáles eran sus respectivos destinos (para saber a quiénes le interesaba más llevar, el tío listo) va el oso y suelta lo de “¡ateneos a las consecuencias!”. Y claro, la que se lió fue gorda, imagínate, con un oso tan grande…, pero al final se solucionó el malentendido y todo quedó en un susto. Sin embargo, ya no les dio tiempo a llegar al evento, vaya por Dios.

Así que nada, los que estábamos hicimos los que pudimos, tratando de dejar, y yo creo que lo conseguimos, el pabellón bien alto. Aquí os dejo la prueba: Dadle al play, que si no, no lo veis.

¡Huy, un verso! (si se lee “play” en inglés, claro, que si no, no rima).